

La parte de abajo
Ahora vivo en una casa de dos plantas, o mejor dicho, vivimos en la planta de arriba. En la otra parte, abajo, alguna vez hubo una tienda sin tabiques, inmensa y después vacía, en la que mi madre suministró al pueblo, durante un par de décadas, todas las "novedades tecnológicas".
A mi padre, un herrero-mecánico-electricista-taxista jubilado, siempre le hemos reprochado que guarde tantas cosas ahí, hasta el punto en el que no sabemos por donde empezar a contar: Poco a poco, mientras el resto de la familia fuimos olvidando esa parte inutilizable de la casa, mi padre la disfrutaba con chapuzas y entretenimientos. En un lugar de honor, la primera televisión de madera que él mismo compró en un largo viaje a Córdoba y que colocó en el escaparate de abajo, orgulloso y sorprendido como todos, hasta que el "Pulga", el dueño del bar de la plaza, le echó el ojo, se la llevó a su negocio y las noches de calor la sacaba a la calle, rodeada de varios vasos de vino y casi todos los vecinos del pueblo.
Las radios sin altavoces, la montaña de bombillas ciegas, decenas de maquinitas y complementos que no tuvieron arreglo, aunque él siempre decía "todo tiene arreglo" cuando le aconsejábamos que dejara un poco de espacio libre y tirase algunas de esas momias que sólo servían para acumular polvo y arañas.
Trozos de muebles que no soportaron reformas, electrodomésticos que intentó reparar pero que, como también decía siempre, "nadie se para ya un momento en arreglar". Cables mordisqueados, revistas de coches prehistóricos, circuitos eléctricos gigantes y cajas, cajas llenas de tornillos, tuercas sin rosca, pequeños metales y carcasas de plástico.
De pequeño me gustaba entrar allí y construir mis propios artefactos inútiles, o lo que era lo mismo para mi viejo, destrozar unas cuantas piezas valiosas. Ese fue el momento en el que ambos descubrimos que mi futuro no era ser mecánico como él.
Hacía tiempo que no bajaba allí y cuando lo hice se paró el tiempo.
Por un momento me encontré como suspendido en otro momento.
Esos objetos, la mayoría sin más valor que el que mi padre le fue cogiendo con el paso de su vida de la misma manera que los fue olvidando, están allí, desordenados, camuflados entre cuatro paredes, seis pilares y tres escaparates cerrados, como esperando a ser rescatados o vueltos al presente, como en una cápsula del tiempo.
Antonio Blázquez
El Carpio, 13 junio 2006